“Nuestra esperanza en el futuro”.Neurociencias y Psiquiatría

NEUROCIENCIAS Y PSIQUIATRÍA
F. Pallardó Salcedo

“Nuestra esperanza en el futuro se basa en la química orgánica o en
una aproximación a las psicosis a través de la endocrinología. Hoy el
futuro está muy lejos por lo que debemos estudiar analíticamente cada
caso de psicosis porque el conocimiento que ganemos servirá algún
día para dirigir una terapia química”.

Sigmund Freud, en una carta a Marie Bonaparte. 1930.

Como vemos, la cita de grandes maestros no
puede servir para justificar ignorancia; sus
trabajos se basaron en los conocimientos
del momento y prácticamente todos afirmaron
que sus hipótesis serían modificadas cuando futuros
progresos permitieran un conocimiento biológico
más consistente. Las actuales clasificaciones
tienen una concepción lineana y su único sentido es
mantener un espacio común en el que entendernos
y aunque no son etiológicas, ya que la situación actual
no lo permite, pueden servir como peldaños para
el progreso, si mantenemos un espíritu crítico y
de perfectibilidad, con el postulado de Korzibsky
siempre en mente: “el plano no es el terreno” y recordando,
como afirma Karl Popper, que “la Ciencia
se hace para ser destruida”.
Si queremos progresar realmente con una actitud
científica en la investigación psiquiátrica, sólo tenemos
un camino: conocer el estado actual de los datos
bioquímicos, moleculares, fisiológicos, neuropsicológicos
y de neuroimagen para buscar su aplicabilidad a
las enfermedades psíquicas.

INTRODUCCIÓN
Durante siglos, la concepción del sistema nervioso
(SN) se basó en la idea de Galeno de que los ventrículos
cerebrales generaban un viento sutil, el “pneuma
psyche”, que viajaba por el interior de unas supuestas
cavidades de los nervios. Corresponde a
Swammerdam el mérito de haber desterrado esta
idea mecanicista con un sencillo experimento: el volumen
total de un músculo introducido en un recipiente
lleno de líquido y marcado el nivel no experimenta
aumento con la contracción, luego no hay
viento que lo hinche. Con Luigi Galvani surge el revolucionario
descubrimiento del concepto de bioelectricidad
publicado en “De Viribus Electricitatis in
motu muscularis Commentarius”: la energía eléctrica,
de origen biológico, es la responsable del funcionamiento
del SN. Hay que llegar a Santiago Ramón
y Cajal para que el concepto se cuestione, al
menos parcialmente, al descubrirse que no hay una
red neuronal inextricable, sino que la neurona es una
entidad individual que se conecta con otras a través
de una solución de continuidad, a la que P. Sherrington
llamó sinapsis. Las características morfológicas
delatan que un espacio, como es la hendidura sináptica,
genera una resistencia insalvable al paso de
la corriente que alcanza el terminal axónico. Otto
Loewi demuestra que una sustancia química es la
responsable de la acción del nervio vago sobre el corazón
a la que llama “vagusstoff”, el primer neurotransmisor
conocido, y que el propio Loewi identificará
posteriormente como la acetilcolina, dando así
el primer soporte a una hipótesis bioquímica del funcionamiento
del SN. A partir de entonces, dos tipos
de pensamiento e investigación se disputan la interpretación
del mecanismo esencial de la función nerviosa:
la concepción bioeléctrica y la bioquímica. En
los últimos diez años, lo que fue contraposición se
halla en un enriquecedor proceso de convergencia,
hecho que queda expresado por Roger Guillemin
cuando afirma que “el cerebro es una computadora
húmeda”. Pero en realidad la comparación del cerebro
a un ordenador es muy poco afortunada porque
su manera de tratar la información no se parece a
las computadoras actuales, ya que el encéfalo no sigue
algoritmos lineales –cada uno de los cuales contiene
una información–, sino que utiliza circuitos en
paralelo y, lo que es más importante, cada información
se graba en forma ampliamente redundante. Este
hecho tiene ventajas e inconvenientes. La ventaja
es que al haber una gran redundancia, cuando a partir
de los 23 años aproximadamente comienzan las
destrucciones neuronales, es muy difícil perder una
información a menos que las lesiones sean muy amplias.
En mi opinión, el grabado en circuitos se hace
de forma tanto más redundante cuanto más joven es
el sujeto, en los períodos de “imprinting” o troquelado
y cuanto más contenido emocional tiene una información.
Según esto, un dato adquirido a muy
temprana edad ocuparía, digamos, quinientas mil vías,
en la edad media de la vida unas doscientas mil y
a edades avanzadas apenas cien; a menor redundancia
mayor vulnerabilidad. La desventaja es que, si
cada circuito llevara una sola información y todas diferentes
entre sí, la capacidad almacenadora del cerebro
sería tan elevada que haría buena la frase emitida
al principo del desarrollo de los ordenadores:
“en el cerebro caben tantas unidades de información
como protones tiene la galaxia”.
Centrándonos en el tema que nos ocupa, podemos
constatar que el crecimiento de los conocimientos de
la bioquímica del sistema nervioso ha sido exponencial,
pero debemos reconocer que la aplicabilidad de
los abundantes hallazgos bioquímicos muestra graves
problemas ya que, parafraseando a Valentín Conde,
“en Psiquiatría hemos descubierto antes la insulina
que la diabetes”.
Prácticamente por casualidad –”serendipia” como
dirían los anglosajones–, hemos conocido los primeros
fármacos activos en la patología psiquiátrica y a
partir de las modificaciones conductuales observadas
y su espectro de acción, se han inferido conceptos
tales como la importancia de la serotonina y catecolaminas
en las depresiones, la hipótesis dopaminérgica
y serotoninérgica en las esquizofrenias.
Los estudios farmacológicos han resaltado la importancia
de los receptores en la modulación de la
actividad sináptica; los fenómenos de “up” y “down
regulation”, la coactividad de neurotransmisores canónicos,
neuropéptidos y neuromoduladores en general
o los efectos permisivos de hormonas sobre la
actividad sináptica, hitos fundamentales para entender
de qué forma se llega desde el neurotransmisor
al comportamiento, de la neurona a la cognición.
Sin embargo, pese al enorme volumen de conocimientos
obtenidos en los últimos 15 años en el campo
de la bioquímica cerebral, es infinitamente más lo
que se desconoce que lo que se conoce.
De otro lado, la aplicabilidad de lo que sabemos es
muy limitada, en gran parte, por la poca consistencia
de los modelos animales y las dificultades para la
extrapolación de tales datos debido a las elevadas
funciones superiores del hombre. Aún ajustándose a
las condiciones predictivas, aparente y de constructo
propuestas por Willner, si bien poseemos un conocimiento
aceptable de la fenomenología del trastorno
se nos escapa cuál es el entramado neurobiológico
que subyace.
En un humano medio de 70 kg de peso, el genoma
que se expresa utiliza el 85% de su información
para codificar las proteínas –estructurales y enzimáticas–
del sistema nervioso central –1.400 g– y tan sólo
el 15% para hacer lo mismo con las proteínas restantes
del organismo –68.600 g– lo que nos da idea
de la elaborada organización del sistema nervioso
central en comparación con dispositivos metabólicos
que, siendo tan intrincados como el metabolismo hepático
por ejemplo, se saldan con una mínima parte
del genoma.
Si es enorme la complejidad del sistema nervioso
solamente en lo que se refiere a sus componentes de
base elaborados genéticamente –estructura, funciones
bioeléctricas, bioquímicas y moleculares–, detengámonos
a pensar en lo que sucede con el almacenamiento
y procesado de la información, la
adquisición de memoria, adecuación de las conductas
en función de la experiencia o reacciones emocionales
integradas en el perimundo.
Merece especial consideración el hecho de que
todos los órganos y/o sistemas tienen una organización
fractal –una estructura geométrica de base
que se repite reiteradamente–, excepto el sistema
nervioso, en el cual no existe patrón definido y en
el que además, durante toda la vida, se suceden
cambios estructurales en forma de rediseñado de
las conexiones sinápticas para crear una codificación
neuroquímica-molecular-estructural que valida
la frase de MacLuhan: “el código es la vía”. El cerebro
es un dispositivo extraordinariamente plástico y
de hecho, cuando el lector haya acabado de leer es-
tas líneas, habrá cambiado las estructuras de conexión
sináptica en amplias zonas de su cerebro así
como el metabolismo, actividades enzimáticas y
moléculas constitutivas de una gran cantidad de
neuronas. Ésta es la base científica de la actuación
psicoterapéutica.

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