El 6% de los niños sufre déficit de atención

Javier Quintero

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es una disfunción neurobiológica con “una prevalencia en edad infantil y escolar del 6 por ciento, lo que implica que en una clase de veinte niños por lo menos haya uno que la sufra. Y una cuestión importante es que un 2 por ciento de éstos lo seguirán teniendo en la edad adulta, si bien cambian algunos síntomas”, afirma Javier Quintero, jefe de Psiquiatría del Hospital Infanta Leonor, de Madrid.

“La genética explica entre el 70 y el 80 por ciento de los casos y condiciona una serie de alteraciones en el funcionamiento del cerebro de estos niños por un defecto en la maduración de algunas regiones cerebrales, como el área prefrontal, implicadas en la capacidad de atender y controlar el comportamiento, que son los síntomas que tienen estos niños”, explica Quintero.

  • Un 2 por ciento lo sigue teniendo en la edad adulta, lo que se traduce en mayor inestabilidad laboral y afectiva, y en más psicopatología

“El diagnóstico es similar desde los años 80, que es cuando se deja de hablar de hiperactividad y se empieza a hablar de TDAH; desde entonces ha habido pocas variaciones, si bien en los últimos años se han empezado a diagnosticar más casos porque ahora hay más profesionales que conocen este trastorno, cómo se expresa, cómo se manifiesta y cómo se diagnostica. No sólo hay más médicos concienciados, sino también más profesionales sanitarios, e incluso los mismos maestros. Hemos visto que de un tiempo a esta parte ha cambiado mucho el modo de actuar de los profesores. Antes parecía que era un estigma si el niño era un poco diferente. Ahora cuando ven que un niño tiene un problema saben que se puede tratar”, advierte Quintero.

Además, el TDAH hay que entenderlo como un factor de riesgo para otras patologías. “Que un niño tenga dificultades de concentración es un problema, pero no es un gran problema; que un niño tenga inquietud motora genera dificultades en el manejo en el colegio o en casa, pero no es un gran problema; que un niño sea más o menos impulsivo pues también puede dar ciertas dificultades de comportamiento, pero tampoco es un gran problema. El problema es que el déficit de atención multiplica el riesgo de fracaso escolar, porque no es capaz de hacer un uso adecuado de sus capacidades, no es capaz de conseguir que esa atención se traduzca en una ejecución eficiente en el colegio, no termina las tareas, y no lleva una curva normal de aprendizaje”.

Por otra parte, “con la hiperactividad y la impulsividad tenemos un niño inquieto, complicado de manejar y multiplicamos el riesgo de trastornos de conducta. Nos encontramos en la edad infantil que los niños con TDAH no consultan por éste, sino porque comienzan a dar problemas de rendimiento o conducta en el colegio. A través del fracaso escolar aumentamos el riesgo de otras complicaciones posteriores y se ponen las bases para una adolescencia difícil en muchas ocasiones. El TDAH nos condiciona un mayor riesgo del pronóstico funcional, vital y de calidad de vida a medio y largo plazo. El problema no es que el niño suspenda tres asignaturas en cuarto de primaria sino que se aumenta el riesgo de fracaso escolar y no termine la secundaria por desfase curricular. Probablemente estemos ante la causa de fracaso escolar prevenible y tratable más importante, siendo además fácil de tratar”, advierte.

Y añade que muchas veces el niño aguanta una primaria estupenda porque tenía un tutor fantástico y la madre estaba muy encima, “pero salta al instituto y se desmorona porque el contexto que hasta entonces había permitido estructurarle razonablemente bien ha cambiado, no porque el TDAH aparezca a los 12 ó 13 años. Otros llegan a la consulta con 16 años, cuando llevan dando problemas seis o siete años, pero resulta que siempre ha habido alguien detrás diciendo no se preocupe, ya se le pasará, ya madurará… En definitiva, el niño madura pero de manera incorrecta e ineficaz porque es un trastorno de neurodesarrollo”.

Importancia de la familia
Con respecto al número de casos en familias desestructuradas, Quintero afirma que “tiende a haber más casos por efecto, no por causa. Efectivamente, en familias complicadas hay más casos, pero el problema está en que cuando se ven las causas genéticas en la familia, entre sus progenitores y su entorno familiar hay más con TDAH. De un tercio a la mitad de los niños que lo tienen, un 2 por ciento, no alcanzarán a compensarlo y lo tendrán en la edad adulta”.

De ahí que “las dificultades seguirán estando presentes: se organizará mal y será más impulsivo, lo que se traduce en mayor inestabilidad laboral, inestabilidad afectiva, más divorcios, más separaciones, más crisis de pareja, y más psicopatología, más trastornos por consumo y abuso de sustancias adictivas y más trastornos de personalidad. Con lo cual, en ese contexto la genética aumenta el riesgo de que los hijos de esta persona tengan más riesgo de TDAH, pero no por el contexto ambiental, sino por el riesgo genético que trasmite y que a él mismo le ha llevado a esta situación”. 

Con la colaboración del Instituto Tomás Pascual

Diagnóstico clínico y otras pruebas complementarias

El diagnóstico del TDAH continúa siendo eminentemente clínico. La entrevista con el niño y con los padres son básicas, si bien algunas investigaciones podrían dar sus frutos próximamente. “En la Universidad Complutense -dice Javier Quintero- hicimos un trabajo con magnetoencefalografía para intentar ver la funcionalidad del cerebro de estos niños y parece que por ahí podrían surgir cosas. Otros estudios en Estados Unidos han intentado ver la maduración cortical con técnicas de resonancia magnética nuclear y por ahí también podrían salir nuevos datos. Por otra parte, se está tratando de encontrar marcadores genéticos que nos puedan ayudar, pero la genética del TDAH es compleja, multivariante, y no hay marcadores biológicos que permitan discriminar el diagnóstico. Hay estudios que muestran que hay ciertas variables genéticas que nos pueden condicionar un mayor riesgo de trastornos de conducta o de respuesta a diferentes tratamientos. Luego se pueden hacer pruebas complementarias al diagnóstico clínico de neuropsicología y psicología para conocer el funcionamiento del niño y su proceso de atención. Sobre el tratamiento, no es lo mismo tratar a uno con una inteligencia normal-baja que a otro con una inteligencia muy buena pues éste va a tener más recursos para compensar sus déficits y su disfunción, y sus problemas aparecerán más tarde. Aquél con dificultades en la atención y una inteligencia más justita va a tener dificultades antes”.

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